Por Ivan Gomez
Nos pasamos la adolescencia imaginando al amor perfecto. Que si alto, que si espiritual, que si con chispa de sarcasmo y alma de poeta, que si con cuerpo de gimnasio pero mente de biblioteca. Luego viene la adultez y seguimos buscando, pero con más filtros que una influencer: que no fume, que no tenga traumas, que sepa amar sin celos, que no ronque, que medite y además pague la cena.
Y un día, como por arte de magia, aparece. Sí, el dichoso amor ideal. Te entiende, te escucha, te provoca mariposas y ganas de borrar tu cuenta de Tinder. ¿Final feliz? No tan rápido. Resulta que ahora tú ya no eres el mismo. Te convertiste en ese adulto funcional pero emocionalmente agotado que duda hasta de su reflejo. Ya no sabes si amar o pedir referencias.
El amor llegó… pero tú ahora piensas en “dinámicas de apego”, “regulación emocional” y “no perder tu individualidad”. Te aterra repetir patrones, te da pánico sentir demasiado, y revisas cada mensaje como si fueras el FBI emocional. ¡Ni hablar de entregar el corazón! Ese lo guardaste en un contenedor sellado con triple contraseña emocional.
Porque claro, cuando no tenías a nadie, querías a alguien que te abrazara el alma. Pero cuando aparece alguien que lo hace, activas el modo paranoico y te preguntas si no es “demasiado perfecto para ser real”.
Bienvenidos al amor moderno: lleno de inseguridades post-terapia, miedo al ghosting y gente que ama con una mano mientras con la otra sostiene su mochila emocional. Amor de película, sí… pero dirigida por Hitchcock.
Y mientras tanto, ahí estamos. Jugando a no sentir tanto para no perderlo. O mejor dicho: huyendo de lo que siempre soñamos, por si acaso nos sale mal.
Spoiler: probablemente lo arruinemos igual. Pero al menos con estilo.









Leave a Reply