Basado en un caputitulo de “SUCESOS”)
Hay momentos en la vida en los que uno no se extravía por un golpe del destino, sino por algo más silencioso y peligroso: la necesidad de aparentar. No ante el mundo, sino ante uno mismo. Ese es el laberinto del que habla Yethzebel Ortega en Sucesos: un relato íntimo donde la máscara pesa más que el rostro y la cárcel es completamente interior.
Ortega desnuda un fenómeno universal: el acto de adelantar la vida para alcanzar expectativas que no nos pertenecen, cargar responsabilidades que otros soltaron, y vestir heridas ajenas como si fueran propias. Es el tipo de autoengaño que se justifica con palabras nobles —sacrificio, lealtad, entrega— pero que, en realidad, encadena.
A veces no huimos de los demás; huimos de enfrentar las partes heridas que evitamos ver.
Uno de los tejidos más finos del capítulo es la descripción de esa dependencia emocional que se construye no por amor, sino por necesidad. La autora reconoce ese punto exacto donde permanecer en lo disfuncional parece más fácil que confrontar las fracturas que duelen demasiado.
Es un mecanismo común lo llamamos “compromiso” a lo que, en el fondo, es miedo; llamamos “paciencia” a lo que es parálisis llamamos “cuidado” a lo que es autoabandono.
Lo brillante de Ortega es que no se victimiza. Ella expone cómo también arrastró a otros dentro de su confusión, cómo la prisión no fue solamente impuesta, sino también fabricada. Una verdad incómoda, pero necesaria.
La celda más peligrosa es la que no sabemos que habitamos
La cita de Dostoievski que aparece en el libro cae como un espejo:
“La mejor manera de evitar que un prisionero escape, es asegurarse de que nunca sepa que está en prisión.”
La autora reconoce que su celda no tenía barrotes visibles. Era una estructura emocional hecha de recuerdos, silencios y heridas no procesadas. Ese tipo de prisión es la más devastadora, porque no se combate con fuerza, sino con honestidad.
Y cuando el enemigo no puede destruirte, como dice Ortega, te acelera: te empuja hacia decisiones impulsivas, hacia máscaras más gruesas, hacia huídas más largas.

El punto de quiebre del capítulo es íntimo: una luz mínima, casi imperceptible, atraviesa la celda. No viene de un evento milagroso, sino del despertar interior que anuncia que la verdad ya no puede posponerse.
La autora escucha una voz que desestabiliza sus justificaciones:
“Y conocerás la verdad, y la verdad te hará libre.”
En ese instante, toda la narrativa cambia. Ya no se trata de sobrevivir; se trata de volver a uno mismo.
De adelantarse, quedarse y perderse… a encontrarse
La autora formula su proceso con una sencillez demoledora:
—Me adelanté.
—Me quedé.
—Me perdí.
Cada frase es un estado psicológico, un capítulo emocional, un espejo de las etapas en las que muchos hemos estado atrapados alguna vez. Pero la revelación es aún más poderosa:
“Me encontré, porque Dios me encontró primero.”
No es un regreso triunfal, sino un retorno humilde: reconocer heridas, soltar dependencias, caminar sin máscaras, abrazar la identidad que no está construida por miedo, sino por verdad.
La libertad no es un punto de llegada: es una decisión
Hoy Ortega elige la verdad. Y en esa elección —dinámica, diaria, vulnerable— se descubre libre. No por no sentir dolor, sino por haber dejado de huir de él.
Esa es la esencia más luminosa del capítulo:
La libertad comienza cuando dejamos de aparentar y empezamos a vivir desde la integridad emocional.
Porque quien llama, como escribe la autora, llama libre.

Yethzebel Ortega










Leave a Reply