Por Ivan Gomez
No, no necesitas una tragedia para terminar agotado emocionalmente. Solo hace falta seguir haciendo lo que ya haces cada día. Porque sin saberlo, estás cavando con calma tu propio pozo mental, y lo peor: lo llamas “rutina”.
Despiertas y lo primero que haces es revisar el celular. No para algo importante. Solo porque sí. Ya desde ese momento, tu mente no te pertenece. La entregaste a las notificaciones, al drama ajeno, a los filtros de alguien más feliz que tú. Y apenas son las 7 de la mañana.
Luego, pasas el día cumpliendo tareas, diciendo que “no tienes tiempo”, tragando comida rápida mientras miras un correo que no quieres contestar, fingiendo sonrisas para que nadie note que por dentro estás apagado. Pero no pasa nada, ¿no? Es normal.
No es normal vivir así.
¿Te has preguntado cuándo fue la última vez que te escuchaste a ti mismo sin ruido externo? ¿O la última vez que dijiste “no” sin culpa? Cada vez que ignoras esa voz interna que grita por un descanso, cada vez que eliges complacer a todos menos a ti, estás demoliendo tu salud mental… con elegancia y productividad.
Y ni hablemos de las noches: pantallas hasta la una de la mañana, comparaciones sociales, ansiedad por el futuro, insomnio disfrazado de scroll infinito. El cerebro nunca descansa, y tú tampoco.
Pero te lo repites: “Estoy bien”. Porque admitir que algo no va bien suena como fracaso. Porque pedir ayuda parece debilidad. Porque descansar es para flojos. ¿En serio?
La verdad incómoda es esta: muchas de las cosas que haces cada día —y que la sociedad aplaude— son las que te están drenando por dentro.
Y aquí va lo que nadie te dice:
Hacer lo que disfrutas no es un lujo, es una necesidad.
Darte tiempo para lo que te apasiona —cantar, pintar, correr, escribir, bailar o simplemente no hacer nada— es lo que mantiene viva tu esencia.
La vida no se trata solo de sobrevivirla. Se trata de sentirla. Así que sí, trabaja, cumple, ayuda… pero también, vive.










Leave a Reply